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OJO CRÍTICO

LA OBSOLESCENCIA DE LAS BOMBILLAS…

y (de los bombillos)...claro está.

02 de julio de 2018

Por fin llegó y pasó Junio. Escucho a la gente quejándose por las lluvias monzónicas que han ahogado las ganitas de sol y de tiempo muerto… y en los días de calor, pues eso, “que qué calor que hace”… nos olvidamos de que se inicia el verano, que siempre llega hinchadito de proyectos y de viajes… unos reales, otros imaginados… pero ¡cómo nos gusta dejarnos llevar! Como cada año, sin solución, mi cabeza regresa a las épocas que adoro sin poderme contener. Mis recuerdos vuelan a la casa de mis abuelos en la costa; al olor de la caña de azúcar, al de la dama de noche al sol y al del jazmín nocturno que adornaba el secreto jardín de atrás. Suena, en mis oídos, el ruido de la máquina cortando la hierba por la mañana, mientras desayunamos en la inmensa terraza frente al mar y me huele a té y a yogur de fresa. Veo el humito de las espirales verdes quemándose, de noche, en pequeños platos de barro, en un vano intento de ahuyentar a los mosquitos que atormentan las tertulias de después de cenar y oigo los gritos, al acostarnos, para que cerremos las contraventanas con las mosquiteras; y es que los nietos éramos así, adolescentes sin mucha cabeza, con todo encendido y las ventanas de par en par.

Los domingos de misa en la capilla… el paseo desde la casa adornado por el olor de las higueras del camino, espeso y dulce y siempre temido y azuzado por las avispas zumbonas entre los frutos maduros y de las que huíamos con grititos bobos, por aquello de que no nos destrozaran la alegría de ese día.

Playas de mañana tempranera y casi solitarias, donde el único inconveniente era clavarte los cardos de los taludes que separaban la arena del camino de entrada, dando saltitos ridículos para no abrasarte las plantas de los pies en la arena blanca y radiante cual novia con voluntad de pirómana. Días largos y cálidos en los que sentías que la seguridad era absoluta; en el presente y en el futuro, en el apoyo incondicional de tu familia, en la no carencia, en la pared donde siempre podías recostarte en caso de hecatombe universal. Años en los que el teléfono eran dos aparatos negros de baquelita, en la cocina y el vestidor principal y que, cuando sonaban, la casa entera se disparaba a la carrera para atenderlos con la esperanza de escuchar “conferencia desde el extranjero” y hablar con nuestros padres que andaban de vacaciones por ahí. Era una época distinta y precaria en la que si tenías coche, lo tenías, y si comprabas una televisión, era una inversión para toda la vida.

Hoy sé que tengo suerte porque, en mi nueva casa, paseo entre eucaliptus inmensos que me alimentan la nariz y el corazón y me llenan de recuerdos y, cada tarde de paseo perrunero, las copas de unas higueras escalan hasta mí, apoyando su tronco en el camino de abajo. Me paro para olerlas y me dejo llevar, llena de ensoñaciones. Y, en esos momentos, quisiera tener a alguien cerca para transmitirle tanta emoción…

Como mis perros siempre andan molestando por mis pies, les animo a dar un pasito más y hacer “la ruta de la higuerita”, mientras me quedo en trance delante de esas hojas dulzonas, verdes y aromáticas que casi me hacen llorar. Pero la otra tarde, un ruido sordo y continuo me devolvió a la más cruda realidad, para ver como los traidores enanos hacían un largo y profundo pis en mi intocable tótem; y con ese pis, eterno e inocente, me arrancaron de un collejón tanta tontería.

Con los ojos de mochuelo ante semejante herejía y puesta al día de un plumazo, entendí que todo eso está más que acabado. ¡Pobres mis perros!... no es su culpa en absoluto, pero el ruidito de su necesidad corporal más acuciante, me ha devuelto a este escenario en tres, dos, uno… ¡ya!

Las familias ya no son tan sólidas, ni los días parecen tan largos. Los jazmines huelen más en los viveros y, si los plantas, se mustian porque no saben vivir fuera de su tiesto de pvc. Se talan los eucaliptus para que no se prendan fuego, pero no se devastan las riberas de los ríos, porque los ecologistas de carrera y de salón defienden al hongo más tonto del mundo en vez de escuchar a los ganaderos que alimentan, con sabiduría, a sus reses con los excedentes de la maleza. La Unión Europea nos hace plantar lo que no sirve, a base de subsidios, y el campo se ha convertido en un circo de ayudas por nada y desempleados de bar y dominó, matando cada ficha a golpe de frustraciones.

Sólo vale lo nuevo, lo último y lo joven. Y yo, no lo conocía. He vivido en una familia que nos ha entendido y respetado, pero nunca nos ha venerado por la edad o, más bien, por la falta de ella. Los adultos primaban por experiencia y por buen juicio y, a la edad que yo tengo, se consagraban carreras de toda una vida. Nadie se quitaba arrugas, ni se vestía en Fórmula Joven para ser hermano de sus hijos… pero ahora los protagonistas de lo actual, reinan en su Shangri-la sin conocer lo que es sentir toda la enorme fuerza del muro consolidado que te recoge la espalda con la fuerza de la sabiduría. Y, aunque parezca raro, me da mucha penita. Ahora, como mucho, la vida de todo aparatito es como de dos años y eso, dando gracias. Los teléfonos se usan y se tiran para formar islas radioactivas que acogen aleatorios Robinsones en forma de hombres, mujeres y niños “rebuscantes” de materiales vendibles para cambiarlos por pan y esas cosas que comen los niños pobres. Ya no hay baquelita y el plástico rellena los estómagos de preciosas ballenas que se varan en las playas, ahítas de tanto progreso y eligiendo opción “suicidarse”, en una auténtica orgía de modernidad. Los coches se estropean antes de que acabe la garantía y los ordenadores tienen a bien considerarse personales, hasta que te traicionan con redes extrañas que los enloquecen como una noche de alcohol y drogas en Las Vegas, para no poder ser jamás recuperados y, como un familiar entrampado en malos vicios, ser enviados a la nada para formar parte de la isla del sustento de los pobres.

El otro día, entre aburrida y no, leí que las bombillas tienen obsolescencia programada y, admirada por ese nombre, que no sabía yo si era una enfermedad vírica o un error de fábrica, me dirigí a Google buscando iluminación (nunca mejor dicho). Y resulta que esta cualidad no es más que una programación intencionada de los electrodomésticos para acortar su vida útil.
Curiosamente creo que no solo lo sufren ellas (las bombillas) /ellos/elles (no enfademos a los de la corrección política) … y es que la obsolescencia es el visado que enarbolan todos los que llegan a las islas radioactivas o a los oscuros laberintos del olvido; aparatos, humanos e incluso recuerdos. Y los que ya pasamos de una edad, lo llevamos tatuado en la frente con tinta de la gorda de la de verdad. ¡Qué paradoja!...seguimos manteniendo a nuestros hijos, a nuestras administraciones a golpe de tacón impositivo y a quienes nada tienen. Y nosotros, que ya poco anhelamos, tenemos caducidad programada y somos innecesarios casi siempre.

Por eso, y a la luz de la realidad que, con tanta programación, se apagará en breve, me quedo con el olor de mis veranos y de las tardes eternas y, aunque la obsolescencia me llame desde el final del túnel del moribundo, voy a resistir a esa llamada a ver si, al menos, les explico a mis perros que yo ya me he rendido, pero que entiendan que, delante de mí, no se hace pis en las higueritas.

Por aquello de los recuerdos de verano. Y por algo de respeto, que falta nos hace… Vamos… digo yo.

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Publicado por: MÓNICA OCHOA

02|07|2018.

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OBSOLESCENCIA, REFLEXIONES, FOTOGRAFÍA, MODA, ARTE, INSTAGRAM, EL OJO CRÍTICO, EL BLOG DE MÓNICA OCHOA, THE FASHION ROUTE MAGAZINE, TFR MODA.

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