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RUTA GASTRONÓMICA

RESTAURANTE LA MANDUCA.

Comer barato y muy bien en pleno barrio de la Concepción.

20 de marzo de 2019

Quizás lo primero que llama la atención en este bar tradicional y de barrio son sus tostas kilométricas, algunas pasan con creces de los 30 centímetros. Ellos las llaman “canapés”, curiosa denominación que puede despistar de entrada, si no fuera porque en el interior y del interior a la terraza las tostas se cruzan a todas horas en un ir y venir de camareros, tosta en alto, que dejan mudo al mayor de los glotones. Vamos, que detectas enseguida que los canapés se quedan para los catering trasnochados y aquí te vas a poner como el Quico.

Varias crónicas circulan sobre el tal Quico: que si fue un sevillano de Aznalcázar que se pegó un atracón a marisco en las fiestas del Corpus que dio el ayuntamiento en 1940, que si antes ya había un cuento popular donde el protagonista se llamaba Quico y le gustaba mucho comer. Parece que el primero de esos “Quicos” terminó en el agua bajo un puente, de ahí al hospital y luego no lo contó. Total, que mejor contarlo pero aviso: aquí se viene a zampar sin miramientos en cantidades astronómicas.

Si te pides una tosta-canapé para ti solo posiblemente ya poco más comerás, así que es el sitio ideal para compartirlo todo. Un grupo de 4 como mínimo para probar varias cosas. Elige entre alguna de las más de 15 tostas posibles. Por ejemplo: una de bonito encebollado, una de brie con escalopines solomillo y una de roquefort con anchoas. Rebosantes ellas. Así, para abrir boca, mientras te las ingenias para que la tosta no salga disparada fuera del plato al cortarla.

RUTA GASTRONÓMICA

Avenida Donostiarra 6 posterior, 28027 Madrid | Tel. 914 05 13 23 | Precio medio: 10-12€.

Yo seguiría después con unas patatas a lo pobre con torreznos, unos huevos rotos con jamón, nuevamente rebosantes de todo y más que nada de un jamón excelente, una ensalada de tomate y bonito bien cargada de cebolla (venga, que no se diga, por si en el grupo hay un iluminado de la cocina sana), una oreja guisada o unas carrilleras en salsa que no se las salta un gitano. En este momento mejor que llaméis a un par de amigos más o seguir mi máxima: quien dijo miedo habiendo hospitales.

Entre jarras de cerveza, tinto de verano o su excelente bodega con Protos, Pesquera o Muga sin ir más lejos, ¿será posible que os quede hueco para las patatas bravas o mixtas o los escandolosos callos? Quizás el rabo de toro, no sé yo, se admiten apuestas…

Juan, el dueño, un manduquero de pro, ha tenido ofertas para reproducir su concepto, pero nunca ha querido salir de su barrio y permanece al pie del cañón para atender a su público fiel del barrio y al que se desplaza desde otros puntos de la capital, pues la fama de este sitio es mítica. A mí me encanta ir a comer allí en modo vikingo y si puede ser en su amplísima y bulliciosa terraza de barrio. Benditos bares de barrio donde se perpetúan las fuentes de comida.

Conclusión: Lugar no apto para remilgados culinarios (como esos que apartan cosas de los platos), ni seguidores de dietas, ni comentaristas gastro-entendidos que no tienen ni pajolera idea.

Por MYRIAM GARRIDO

20|03|2019.

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TAGS

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